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viernes, 22 de febrero de 2008

El juicio de Poncio Pilato


Poncio Pilato, prefecto (que no procurador, ojo) de Judea del año 26 al 36 de nuestra era, se encontraba en Jerusalén, instalado en el palacio de Herodes de la ciudad alta. Se acercaba la Pascua y la presencia del prefecto causaba un efecto intimidatorio a los judíos.

Pilato no era un buen hombre. Eso queda bien claro al leer su curriculum. El relato de los Evangelios nos muestra a un perfecto y cuadriculado burócrata preocupado por hacer cumplir la ley de Roma, exactamente igual que cualquier funcionario celoso de su deber. A lo largo de la Historia se han cargado mucho las tintas contra él, pero lo cierto es que no fue culpable directo de la muerte de Jesús. Es más, si leemos los Evangelios ¡que falta nos hace!, veremos cómo trató de evitar que Jesús fuera condenado porque jurídicamente no veía que hubiera cometido delito alguno. Pilato era el perfecto funcionario romano: con un cerebro frío y un corazón de piedra.

El juicio de Jesús reconstruido por Peter Connolly (Ed. Oxford University Press). Connolly, al igual que la mayoría de los historiadores, se decide por situarlo en el palacio de Herodes en lugar de en la fortaleza Antonia. En este caso el lugar elegido sería, sin duda, uno de los accesos principales, ya que era un juicio público y había que conjugar la presencia del gentío con la seguridad interna del recinto.

En la ilustración aparece una de las escalinata de acceso y el pórtico en cuyo centro se halla el estrado donde Pilato, revestido con la toga praetexta ribeteada en púrpura propia de los altos magistrados en ejercicio, juzga auxiliado por otros dos magistrados romanos. Los soldados que aparecen flanqueando el estrado son auxiliares (soldados que no tenían la ciudadanía romana, éstos eran probablemente sirios) del ejército romano.

Una cohorte (480 hombres) de estos auxiliares al mando de un tribuno se hallaba de guarnición permanente en la Torre Antonia, ya que en Jerusalén no había legionarios (soldados pertenecientes a las legiones), sino auxiliares. Para más información ver mi web LAS LEGIONES DE JULIO CÉSAR

Los juicios romanos seguían un trámite estricto: los acusadores (cualquier ciudadano libre) presentaban los cargos y los testigos que los apoyaban. El acusado tenía tres oportunidades de defenderse.

Los miembros del Sanedrín, temerosos de Cristo, decidieron su muerte espoleados por Caifás, sumo sacerdote. Pero el sanedrín no tenía competencias jurídicas civiles y no podía aplicar el Ius gladii, la pena de muerte. Y a la vez no querían linchar a Jesús por temor a la reacción del pueblo, por lo que la solución de Caifás fue tratar de que fuera Roma la que ejecutara la pena y se llevara las culpas.
Así que llevaron a Jesús ante Poncio Pilato y le acusaron no sólo de ser un blasfemo contra la Ley de Moisés (cosa que a Pilato le traía sin cuidado), sino también de "rebelión contra Roma", lo que llamó la atención del prefecto de Judea, aunque según narran los Evangelios se dio cuenta en seguida de que Jesús no era un peligro para Roma y que los judíos sólo pretendían involucrar a Roma en un asunto meramente religioso.

Los acusadores deseaban la muerte de Jesús, pero como eran cobardes y viles que eran, a la vez temían la reacción de los seguidores del Nazareno y por ello trataron que Pilato creyera que Jesús era un revolucionario anti-romano, pero Pilato no picó. Sigamos con atención el relato de los hechos que nos hace Lucas (Lucas 23,1-25):

Si el comportamiento de Herodes el tetrarca (hijo de Herodes el Grande) es ridículo, el de Pilato es primero ajustado a la ley, pero cuando se convoca juicio público y Jesús comparece ante un auditorio evidentemente "seleccionado" por sus acusadores, la mente obtusa y envilecida de Pilato sólo ve a un acusado y a muchos acusadores pidiendo su muerte. Probablemente pensó que mejor dejar que mataran a Jesús para calmar el ansia de sangre de aquellos judíos y así, con cobardía, dejó a Jesús en manos de los verdugos no sin antes dejar constancia de que él no tenía nada contra aquel hombre al que iban a crucificar. En este caso llama la atención que los que le acusaban prefirieran que se dejase libre a un asesino convicto como Barrabás antes que a un inocente como Jesús, lo que demuestra el tremendo grado de fanatismo, intransigencia e intolerancia de ciertos sectores judíos...

...Y no olvidemos tampoco que Jesús, María y los doce apóstoles eran judíos de pura cepa ¡y bien orgullosos que estaban todos ellos de serlo!, por lo que no se puede culpar de los pecados de unos a todo un pueblo como desgraciadamente se ha hecho tan a menudo.

Pilato era un hombre de Sejano, el prefecto del pretorio de Roma. Cuando cayó Sejano, Pilato fue cesado y llamado a Roma donde tuvo que dar cuenta de otras de sus "hazañas", como la famosa masacre de samaritanos y demás asesinatos en masa. Se le condenó por sus excesos, fue desterrado a la Galia y murió poco después.

¿Por qué condenaron a muerte a Jesús?


La figura Jesús de Nazaret se iba haciendo muy controvertida conforme avanzaba su predicación. Las autoridades religiosas de Jerusalén se mostraban inquietas con el revuelo que el maestro llegado de Galilea para la Pascua había suscitado entre el pueblo. Las elites imperiales también, ya que en unos tiempos en que periódicamente había rebrotes de alzamientos contra la ocupación romana encabezados por líderes locales que apelaban al carácter propio de los judíos, las noticias que les llegaban acerca de este maestro que hablaba de prepararse para la llegada de un «reino de Dios» no resultaban nada tranquilizadoras. Unos y otros estaban, pues, prevenidos contra él, aunque por diversos motivos.

Jesús fue detenido y su caso fue examinado ante el Sanedrín. No se trató de un proceso formal, con los requerimientos que más tarde se recogerían en la Misná (Sanhedrin IV, 1) —y que exigen entre otras cosas que se tramite de día—, sino de un interrogatorio en domicilios particulares para contrastar las acusaciones recibidas o las sospechas que se tenían acerca de su enseñanza. En concreto, sobre su actitud crítica hacia el templo, el halo mesiánico en torno a su persona que provocaba con sus palabras y actitudes y, sobre todo, acerca de la pretensión que se le atribuía de poseer una dignidad divina. Más que las cuestiones doctrinales en sí mismas, tal vez lo que realmente preocupaba a las autoridades religiosas era el revuelo que temían provocase contra los patrones establecidos. Podría dar lugar a una agitación popular que los romanos no tolerarían, y de la que se podría derivar una situación política peor de la que mantenían en ese momento.

Estando así las cosas trasladaron la causa a Pilato, y el contencioso legal contra Jesús se llevó ante la autoridad romana. Ante Pilato se expusieron los temores de que aquel que hablaba de un «reino» podría ser un peligro para Roma. El procurador tenía ante él dos posibles fórmulas para afrontar la situación. Una de ellas, la coercitio («castigo, medida forzosa») que le otorgaba la capacidad de aplicar las medidas oportunas para mantener el orden público. Amparándose en ella podría haberle infligido un castigo ejemplar o incluso haberlo condenado a muerte para que sirviera como escarmiento. O bien, podía establecer una cognitio («conocimiento»), un proceso formal en que se formulaba una acusación, había un interrogatorio y se dictaba una sentencia de acuerdo con la ley.

Parece que hubo momentos de duda en Pilato acerca del procedimiento, aunque finalmente optó por un proceso según la fórmula más habitual en las provincias romanas, la llamada cognitio extra ordinem, es decir un proceso en el que el propio pretor determinaba el procedimiento y él mismo dictaba sentencia. Así se desprende de algunos detalles aparentemente accidentales que han quedado reflejados en los relatos: Pilato recibe las acusaciones, interroga, se sienta en el tribunal para dictar sentencia (Jn 19,13; Mt 27,19), y lo condena a muerte en la cruz por un delito formal: fue ajusticiado como «rey de los judíos» según se hizo constar en el titulus crucis.

Las valoraciones históricas en torno a la condena a muerte a Jesús han de ser muy prudentes, para no realizar generalizaciones precipitadas que lleven a valoraciones injustas. En concreto, es importante hacer notar —aunque es obvio— que los judíos no son responsables colectivamente de la muerte de Jesús. «Teniendo en cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo (cf. Mt 25, 45; Hch 9, 4-5), la Iglesia no duda en imputar a los cristianos la responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús, responsabilidad con la que ellos con demasiada frecuencia, han abrumado únicamente a los judíos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 598).

Francisco Varo