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domingo, 19 de octubre de 2008

“La Sagrada Escritura es esencial para conocer a Cristo” (II)

Entrevista al cardenal jesuita Albert Vanhoye

ROMA, miércoles 24 de septiembre de 2008 (ZENIT.org).- "La Sagrada Escritura es esencial para conocer a Cristo", explica en esta entrevista el cardenal Albert Vanhoye, uno de los biblistas contemporáneos más reconocidos en el mundo, cuando faltan pocos días para el próximo Sínodo de los Obispos.

El cardenal Vanhoye, jesuita, antiguo rector del Instituto Bíblico Pontificio y antiguo secretario de la Comisión Bíblica Pontificia, fue creado cardenal por Benedicto XVI en el Consistorio del 24 de marzo de 2006 como reconocimiento a una vida de servicio a la Iglesia en el campo de la exégesis bíblica.

El mismo Papa lo nombró miembro del próximo Sínodo de los Obispos del mundo, que se celebrará en Roma en octubre sobre "La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia".

En esta entrevista concedida a Zenit, explica lo que es para él la Biblia y lo que espera de la citada asamblea mundial de obispos. La primera parte se publicó en el servicio de ayer.

--El Sínodo se ocupará también del tema de la predicación de la Palabra de Dios, sobre todo en la liturgia. Según su experiencia, ¿cuáles son los elementos esenciales a tener en cuenta en las homilías?

--Cardenal Vanhoye: Las homilías deben ser fruto de la Lectio Divina, cuya práctica puede variar, pero las homilías deben verdaderamente dar a los fieles un contacto concreto con la Palabra de Dios, por tanto explicar bien claramente su alcance inmediato y luego seguir con la aplicación a la vida. Una homilía no puede nunca ser sólo teórica. Debe tener una fuerza penetrante en la vida. Por tanto, hay que partir bien del texto y luego aplicarlo a la vida espiritual.

Hay que decir que, para la predicación, es útil también usar los ejemplos de los santos. Porque los santos ayudan a la gente a acoger algunos aspectos de los textos bíblicos que podrían quedar un poco lejanos. Los santos, en cambio, ponen los textos bíblicos más al alcance de los fieles.

Está claro que el espíritu de infancia espiritual, por ejemplo, que pide Jesús en los Evangelios -"Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos (Mat 18, 3)"--, lo comprende mejor la gente si toma a santa Teresa del Niño Jesús como modelo. O, por lo que se refiere a la caridad hacia los pobres, la madre Teresa de Calcuta es un ejemplo que estimula a la gente a comprender que verdaderamente la caridad se dirige a los más necesitados, que no podemos estar unidos a Cristo si no estamos abiertos a esta caridad.

Por otra parte, la madre Teresa puso muy bien en conexión la oración, la unión con Cristo y la caridad. Su vida estaba alimentada por una oración muy profunda, una vida espiritual exigente, a veces incluso dolorosa. Por tanto, los ejemplos son útiles pero deben usarse unidos a los textos bíblicos porque los santos lo son para dar testimonio de esos textos.

--El Sínodo está suscitando y suscitará un renovado interés por la Biblia. ¿Qué itinerario sugeriría a un fiel que quiere conocer mejor la Palabra de Dios?

--Cardenal Vanhoye: Para un cristiano, está claro que debe empezar por el Evangelio. Tomar un Evangelio, profundizar en él con la meditación, la oración, aplicarlo a la propia vida. Esto es lo primero y esencial.

Pero el Evangelio mismo remite al Antiguo Testamento. Jesús es el mesías prometido. Por tanto, es útil leer los textos proféticos, especialmente los que son mesiánicos. Los salmos son útiles para la oración pero hay que decir que no siempre tienen el espíritu evangélico. Por tanto, hay que hacer una distinción. Algunos salmos llenos de imprecaciones contra los enemigos están muy lejos del precepto de Jesús de amar a los enemigos y de rezar por ellos. Está claro que un fiel necesita ayudas que le presenten los textos y los pongan al alcance de su inteligencia, de su capacidad de comprender y vivir.

Luego, en los Evangelios naturalmente hay una diferencia entre los sinópticos y el Evangelio de Juan. El Evangelio más interesante a primera vista para un fiel es el de Marcos, que es muy vivaz, cuenta los milagros de modo detallado, etc. El Evangelio de Mateo nos da una enseñanza más rica y, por tanto, hay que volver siempre a él para estar llenos de espíritu evangélico. Por otra parte, el Evangelio de Juan ahonda la fe de modo maravilloso. Hay que meditar verdaderamente el Evangelio de Juan, acogerlo con espíritu de fe y de amor por el Señor.

También Lucas es muy interesante. Es el Evangelio del discípulo. Sería posible empezar también con el Evangelio de Lucas que se interesa más en la relación del discípulo con el Señor Jesús. Los grandes discursos de Mateo, en el Evangelio de Lucas, están divididos. Las bienaventuranzas, en lugar de estar expresadas en tercera persona, se dirigen directamente a los discípulos: "Bienaventurados vosotros los pobres...". Este es un ejemplo. Lucas se relaciona con Jesús de una manera muy delicada, especialmente en el relato de la Pasión. Allí se ve muy bien su amor delicado por el Señor; por el modo en que atenúa las cosas más crueles, más ofensivas.

--Los salmos pueden parecer a los jóvenes sacerdotes un poco lejanos de su realidad concreta. ¿Qué consejo podría darles para obtener mayor provecho de la oración de la Liturgia de las Horas?

--Cardenal Vanhoye: Aconsejaría buscar un comentario apropiado, es decir en profundidad, no sólo filológico o histórico-crítico, sino un comentario que destaque el contenido espiritual de los salmos. Porque está claro que los salmos contienen una riqueza maravillosa desde el punto de vista espiritual: el sentido de adoración, de confianza en Dios, de unión con Dios en la oración, en la vida. Hay en los salmos aspiraciones espirituales muy bellas y muy fuertes.

Por otra parte, San Ambrosio decía que el salterio es como el resumen de todo el Antiguo Testamento porque hay también salmos históricos, sapienciales, de acogida de la ley del Señor, etc.

Tras el Concilio, se ha facilitado la aplicación de los salmos a la vida cristiana con la omisión de las cosas más lejanas al Evangelio. Algo necesario, me parece, porque un cristiano, por ejemplo, no puede desear que los hijos de sus perseguidores sean aplastados, como dice el salmo de los exiliados. Este salmo expresa un afecto muy profundo y tierno por Jerusalén pero acaba con un augurio muy cruel contra los enemigos. Me parece oportuno y útil, desde el punto de vista de la palabra de Dios, omitir cosas que han sido corregidas por Jesús.

--El Sínodo se ocupará también de la Sagrada Escritura en el contexto del ecumenismo. ¿Usted ha tenido alguna experiencia de trabajo, estudio, oración en este campo?

--Cardenal Vanhoye: Colaboré en la traducción ecuménica francesa, un proyecto suscitado por el Concilio muy fecundo desde el punto de vista ecuménico. Se ha constatado que la Biblia es verdaderamente un terreno de unidad. Naturalmente, hay textos bíblicos que han dado motivo a diferencias de opinión muy fuertes. Pero tenemos muchas cosas en común y debemos aprovecharlas.

El Sínodo tendrá también este aspecto de apertura ecuménica. Está claro que si el protestante sigue el ‘Sola Scriptura' de Lutero no está en la corriente de la Tradición. Hay una dificultad. Pero, por otra parte, los católicos tenían tendencia a no meditar mucho la Biblia y estar más atentos a los dogmas y las devociones. Por tanto, la atención dada a la Palabra de Dios escrita es ciertamente un lazo muy fuerte que nos acerca unos a otros en una acogida común.

--Usted ha conocido y enseñado a muchos exegetas. ¿Cómo es posible evitar que la Biblia se convierta en un mero objeto de estudio, separado de la propia vida espiritual, del que se pueden extraer conclusiones que pueden poner en duda las verdades de la fe?

--Cardenal Vanhoye: Me parece que el remedio principal es la meditación de los textos bíblicos, con una actitud de fe y de oración. Los exegetas no se pueden contentar con estudiar los textos. Deben meditarlos en un ambiente de búsqueda del Señor y de unión con El, y conscientes siempre de que sólo Cristo da toda la riqueza de la Escritura inspirada; que es El quien abre plenamente nuestras mentes a la inteligencia de la Escritura, como dice el Evangelio de Lucas al final.

Por tanto, el remedio es, diría, la oración, entendida como meditación que busca la unión con el Señor, la acogida de su luz, la acogida de su amor. Sólo esto puede preservar del peligro de una actitud racionalista y esterilizadora, que puede convertirse en un obstáculo para la vida de los fieles.

--¿Cuáles son sus expectativas sobre el Sínodo? ¿Tendrá alguna influencia también en los estudios bíblicos?

--Cardenal Vanhoye: No estoy seguro de que el Sínodo pueda influir mucho en los estudios exegéticos en el sentido de que tenga una perspectiva pastoral. Es una perspectiva que ciertamente entra también en la explicación de los textos bíblicos, pero la exégesis es una investigación científica en profundidad, desde un punto de vista que no es directamente pastoral. Del Sínodo podemos seguramente esperar indicaciones muy fecundas para un mayor conocimiento de la Biblia, una mayor acogida de la Biblia en la vida de las comunidades cristianas y en la vida espiritual de las personas.

Por otra parte, hay también un interés ecuménico, que está directamente expresado en el ‘Instrumentum laboris'. Se puede esperar un acercamiento aún mayor de las diversas confesiones cristianas, gracias a esta acogida de la Palabra de Dios escrita.

El ‘Instrumentum laboris' deja entender que el Sínodo se interesará especialmente por la Palabra de Dios escrita, aunque amplíe su perspectiva. Dice que la Palabra de Dios es Cristo y, por tanto, dice que el fin del Sínodo es dar a conocer mejor a Cristo. Esto me parece verdad como fin último pero el fin más directo será evidentemente atraer la atención sobre la necesidad de un contacto más fuerte y más profundo de todos los componentes de la Iglesia con la Palabra de Dios escrita.

Naturalmente, la Palabra escrita debe volver a ser viva, y no un texto muerto; y para que vuelva a ser viva tiene que inscribirse en la corriente viva de la Tradición, y también de la predicación y de la vida de la Iglesia.

“La Sagrada Escritura es esencial para conocer a Cristo” (Parte I

Entrevista al cardenal jesuita Albert Vanhoye

ROMA, martes, 23 septiembre 2008 (ZENIT.org).- “La Sagrada Escritura es esencial para conocer a Cristo”, explica en esta entrevista el cardenal Albert Vanhoye, uno de los biblistas contemporáneos más reconocidos en el mundo, cuando faltan pocos días para el próximo Sínodo de los Obispos.

El cardenal Vanhoye, jesuita, ex rector del Instituto Bíblico Pontificio y ex secretario de la Comisión Bíblica Pontificia, nació el 24 de julio de 1923 en Hazebrouck, en la diócesis de Lille, en el norte de Francia, cerca de la frontera con Bélgica.

De 1963 a 1998, fue profesor del Instituto Bíblico Pontificio de Roma, donde ejerció una intensa actividad didáctica en la enseñanza de exégesis del Nuevo Testamento y diversos cursos y seminarios sobre su especialidad.

Participó activamente en la redacción de documentos de la Comisión Bíblica Pontificia, en el surco del trabajo iniciado por el Concilio Vaticano II, tales como: “La interpretación de la Biblia en la Iglesia”, 1993, y “El pueblo judío y las sagradas Escrituras en la Biblia cristiana”, 2001.

Como reconocimiento a su servicio a la Iglesia en este campo, Benedicto XVI lo creó cardenal en el Consistorio del 24 de marzo de 2006. El mismo Papa lo nombró miembro del próximo Sínodo de los Obispos del mundo, que se celebrará en Roma en octubre sobre “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”.

En esta entrevista concedida a Zenit, explica lo que es para él la Biblia y lo que espera de la citada asamblea mundial de obispos. La segunda parte se publicará en el servicio de mañana.

--¿Cómo y cuándo empezó a interesarse en el estudio de la Palabra de Dios?

--Cardenal Vanhoye: Mi interés por la palabra de Dios empezó ciertamente desde la infancia pero se ahondó e intensificó especialmente con el estudio de la teología. Cuando me preparaba para la ordenación sacerdotal, me apasioné con el Evangelio de Juan. Pude estudiarlo porque, antes de la teología, durante dos años, tuve que enseñar griego clásico de nivel superior a jóvenes jesuitas que se preparaban para graduarse en la Sorbona de París. Por tanto, estaba en contacto directo con los textos griegos tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento.

En especial, estudié el tema de la fe en el Evangelio de Juan, un tema evidentemente fundamental. Para Juan, la fe consiste en creer en Cristo Hijo de Dios, que no es simplemente la adhesión a las verdades reveladas sino que es sobre todo adhesión a una persona que es Hijo de Dios, que hace la obra del Padre, en unión con el Padre y que nos invita también a nosotros a hacer su obra.

--Posteriormente se convirtió en uno de los mayores especialistas en la Carta a los Hebreos...

--Cardenal Vanhoye: De este estudio de San Juan, salieron algunos artículos pero por cuestión de tiempo –tenía que ejercer la docencia--, no pude continuar esta trabajo. Al mismo tiempo, me di cuenta de que había encontrado cosas muy interesantes en la Carta a los Hebreos y que, por tanto, podía, dedicando algunos meses cada año, preparar una tesis sobre este escrito, entonces poco estudiado.

Por tanto, mi interés se concentró en la Carta a los Hebreos, que es un escrito muy profundo, una síntesis de cristología bajo el aspecto sacerdotal. Admiro siempre la profundidad de esta carta que en realidad es una homilía en la que el misterio de Cristo es presentado en todas sus dimensiones, desde la dimensión más alta de Cristo Hijo de Dios, esplendor de la gloria de Dios, impronta de su sustancia, hasta el Cristo nuestro hermano, que asumió toda nuestra miseria y se abajó al nivel de los condenados a muerte, precisamente para introducir allí todo su amor y abrir una vía que llega hasta Dios.

Por otra parte, la Carta a los Hebreos manifiesta un conocimiento verdaderamente extraordinario del Antiguo Testamento y el sentido del cumplimiento del mismo con las tres dimensiones –de correspondencia, de ruptura en algunos aspectos y, naturalmente, de superación--, cumplimiento completo.

La Providencia ha hecho que yo haya podido consagrar verdaderamente toda mi vida a la profundización de la Escritura para provecho de tantos estudiantes de todo el mundo. Por tanto, agradezco al Señor haberme dado este privilegio.

--¿Cuáles fueron sus premisas para el estudio de la Biblia?

--Cardenal Vanhoye: Fueron claramente premisas de fe. La Biblia es un texto que expresa la fe. Para acogerla de modo serio y profundo, hay que estar en la corriente que la produjo. Por tanto, acercarse al texto inspirado con una actitud de fe es esencial. Por otra parte, existe también la convicción de que la Biblia es al mismo tiempo un libro histórico, no una palabra simplemente teórica; es una revelación con hechos, con eventos; una realidad existencial histórica que, por tanto, hay que acoger bajo este aspecto.

--En todos estos años de estudio de la Palabra de Dios, ¿qué le ha estimulado más a seguir su investigación, a pesar de las dificultades del ambiente exegético o incluso del mismo trabajo? ¿Cuáles son sus motivaciones más profundas?

--Cardenal Vanhoye: Ciertamente la convicción de que la Sagrada Escritura es esencial para conocer a Cristo, para seguirle, para investigar todas las dimensiones del misterio de Cristo. La estrecha relación entre investigación exegética y profundización de la fe y de la vida espiritual. Esto ha hecho que no haya dudado nunca en estudiar, investigar y emplear todas mis fuerzas y mis capacidades en este estudio de importancia fundamental para la vida de la Iglesia.

--¿Cuáles han sido los frutos del contacto con la Palabra más valiosos para su vida sacerdotal?

--Cardenal Vanhoye: La Palabra de Dios ha nutrido mi vida espiritual de modo muy fecundo. Por ejemplo, cuando era todavía estudiante del Instituto Bíblico Pontificio, realicé un estudio sobre dos frases del Evangelio de Juan que expresan la relación entre la obra de Jesús y la obra del Padre. Jesús ha recibido el don de las obras.

En dos frases, Jesús habla de las obras que el Padre le ha entregado. Vi la insistencia: “Mi padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Juan 5, 17). Un tema muy importante para la profundización de la vida espiritual no sólo de modo especulativo sino especialmente en el mismo actuar. Del mismo modo que el Padre entregaba sus obras a Jesús, este nos da las nuestras.

Este es un punto que me alimenta: debo hacer siempre con el Señor la obra del Señor. Y hecomprendido por otra parte que, para hacer con el Señor la obra del Señor, es esencial estar unidos al Corazón del Señor, porque la obra del Señor no es una obra administrativa que se puede hacer con cierto desapego, sino una obra de amor.

Esta para mí es una orientación hermosa, profunda y exigente a la que vuelvo siempre. Es Él el autor principal, yo soy un pobre y modesto ayudante, pero que se debe empeñar, porque la obra es importante, una obra hermosa que hace el Señor. En mi relación con la Escritura, esto es lo más importante.

--¿Qué falta hoy en la Iglesia para que la Escritura entre cada vez más en la vida espiritual de los fieles?
--Cardenal Vanhoye: Faltan dos cosas principales: por una parte, los medios, los instrumentos, los materiales que puedan ayudar a los fieles a acoger bien la Palabra de Dios; y, por otra, la meditación de los fieles sobre los textos de la Biblia. Las dos cosas están ya presentes, gracias a Dios, en la vida de la Iglesia, y se han hecho más presentes gracias al Concilio Vaticano II. Sin embargo, queda siempre algo en lo que progresar: por una parte, educar a los fieles a acoger bien la Palabra de Dios y a acogerla no sólo en la mente, sino en el corazón y en la vida. Esto es claro. Hay que educar a los fieles en esto.

Y, por otra parte, para que esto sea realmente efectivo, es indispensable que los fieles mediten la Palabra de Dios y reflexionen sobre ella. Y así su vida se transformará poco a poco por la fuerza de la Palabra de Dios.

--Como ha afirmado repetidamente el Papa Benedicto, la Lectio Divina puede ser un medio muy adecuado a este fin.
--Cardenal Vanhoye: Ciertamente la Lectio Divina es un método de profundización muy serio en la Escritura inspirada. Pero para que influya en la vida de los fieles es necesario que el último paso sea precisamente la aplicación a la vida. Es posible una Lectio Divina que se contente en ser sólo una consideración atenta del texto; y luego una meditación. Pero debe completarse con el compromiso del fiel a aplicar, a recibir verdaderamente en su vida la Palabra de Dios, a hacerla no sólo presente sino operativa. Este método tiene el gran mérito de llevar la atención primero hacia el texto bíblico considerado en sí mismo, en su significado exacto, concentrar el esfuerzo de atención en él antes de hacer especulaciones que podrían no tener ninguna relación con el texto. La Lectio Divina parte de la ‘lectio’, de la lectura atenta. El cardenal Martini insistía en esto cuando convocaba en la catedral de Milán reuniones de Lectio Divina.

Luego, hay que meditar, ver la relación con la situación actual de los creyentes. A continuación, se trata de asumir actitudes espirituales de contemplación, de unión con Dios, etc. Pero, como he dicho, hay que extender también la Lectio Divina a una transformación de vida.

La Biblia: milenios atrayendo al hombre... y hoy también

Sigue siendo el libro más vendido: Internet no ha hecho sino aumentar su difusión.

Ha nutrido el arte sirviéndole como fuente de inspiración durante siglos. Buena parte de la literatura mundial ha tomado de ella detalles, frases, ideas e imágenes. Filósofos, psicólogos, lingüistas, pedagogos, historiadores, arqueólogos, científicos y teólogos la han hecho materia prima de sus estudios y análisis.

Hoy por hoy sigue siendo el libro más vendido de toda la historia de la humanidad y la llegada de Internet no ha hecho sino posibilitar aún más su difusión. Sin embargo, ¿qué impacto tiene hoy la Biblia en el mundo? ¿Queda su huella reducida a un esplendoroso e influyente pasado? ¿Su vital contribución a la forja de una civilización occidental es parte de un tiempo que ha quedado atrás?
El próximo mes de octubre tendrá lugar en el Vaticano, un sínodo de obispos y expertos sobre la Biblia (del 5 al 26 de octubre de 2008). Convocado por Benedicto XVI, el sínodo pretende revitalizar el papel de la Biblia en la vida de los cristianos. Con miras a ese acontecimiento, en abril de este año, la Gfk-Eurisko, realizó una investigación sobre la incidencia de las Sagradas Escrituras en la sociedad. ¿Tiene actualidad la Biblia en el siglo XXI? Según los datos arrojados por las encuestas, todo indica que sí.

En el último año, según reporta la investigación de Gfk-Eurisko, han leído al menos un fragmento de la Biblia el 20% de los españoles, el 27% de los italianos y el 36% de los ingleses. En Polonia el porcentaje llega a 38%, en Rusia al 35% y en Estados Unidos al 75% (o lo que es lo mismo, 3 de cada 4 estadounidenses).

El análisis también muestra que el 37% de los entrevistados en Estados Unidos, utilizan ordinariamente la Biblia para rezar. Un valor que también es alto en países como Polonia (32%), mientras que baja en Alemania (13%), Italia (9%) y España (6%). Las Sagradas Escrituras se pueden encontrar en una buena cantidad de hogares, aunque en Francia desciende la presencia a menos del 50% de los mismos.

Si bien el estudio sólo fue hecho en algunos países (Estados Unidos, Gran Bretaña, Holanda, Alemania, España, Francia, Italia, Polonia y Rusia), los resultados son ciertamente sintomáticos y significativos. Tal vez el más llamativo, es la alta estima en que muchas personas tienen a la Biblia, valoración que lleva una petición: ayuda para entenderla y aprovecharla mejor en la vida diaria.

En países como Rusia, Polonia, Italia, Reino Unido y Alemania, incluso hay una media superior al 50% que se inclina a favor del estudio de la Biblia en las escuelas públicas. Una posición que va muy a tenor de lo que el famoso literato italiano, Umberto Eco, pensó cuando puso el dedo sobre la llaga al plantear por qué los niños deben saber todo sobre los héroes de Homero y nada sobre Moisés.

El próximo sínodo será una oportunidad para reivindicar su valor y pregonar su actualidad. Por lo pronto, y casi a la par del sínodo, del 5 al 11 de octubre, la cadena de televisión pública italiana RAI, apoyada por el Centro Televisivo Vaticano y el Pontificio Consejo para la Cultura, pondrán al aire el programa en vivo titulado “La Biblia día y noche” (www.labibbiagiornoenotte.rai.it).

Siete días dedicados enteramente a la lectura integral del texto Sagrado donde más de 1,200 lectores se alternarán para llevar a cumplimiento el proyecto. El primero de ellos será –nada menos– el mismísimo Santo Padre desde el Palacio Apostólico. Leerá el primer capítulo del libro del Génesis.

Le seguirá el gran rabino de Roma, Riccardo Di Segni, entre otras personalidades, para concluir con el último capítulo del libro del Apocalipsis, que será leído por el cardenal secretario de Estado, Bertone.

Está claro que a la Biblia se siguen acercando millones de personas: creyentes y no creyentes. Para las primeras es un foco de espiritualidad, la voz de Dios que habla hoy a sus mentes y a sus corazones. Para los otros, un rico y hondo libro de belleza literaria incomparable que, guste o no, ha moldeado nuestra cultura. Y ya este detalle vale como para no dejarla fuera de ninguna vida.
La conversión

sábado, 12 de enero de 2008

Qué es la Sagrada Escritura ?

Qué es la Sagrada Escritura ?

Lo que llamamos “Sagrada Escritura” – o la Biblia- es el conjunto de Escritos sagrados inspirados en la Primera Alianza y en la Nueva Alianza de Dios con los hombres.

Entre los libros sagrados de la humanidad, la Biblia se distingue por el sentido de los acontecimientos históricos que ella relata: ahí descubrimos; a través de esos acontecimientos que han marcado la historia de Israel (Primera Alianza, o en el lenguaje cristiano “Antiguo Testamento”) que no es solamente el hombre que busca a Dios, sino Dios mismo que busca al hombre y hace su alianza con él.

Cómo se formó la Biblia cristiana?

En los primeros siglos después de Jesucristo, la Iglesia reune ciertos escritos que ella juzga sagrados e inspirados, distinguiéndolos de otros que considera apócrifos. A finales del siglo III, varios Concilios agregan un conjunto de 27 Libros a las Sagradas Escrituras de Israel, conformando así la Biblia crisitiana tal como nosotros la conocemos hoy día.

Pero la Iglesia que ha reunido, canonizado, conservado y difunido la palabra de Dios en el mundo entero, a lo largo de los siglos, es también indispensable para discernir la belleza; la fuerza y el sentido profundo de las Sagradas Escrituras.

“Comprendes, pues, lo que lees?”

En las Actas de los Apóstoles, la conversación entre Felipe y el etíope invita a buscar esa ayuda:

“Un etíope que había ido en peregrinación a Jerusalén, al regresar leía sentado en su carro al profeta Isaías. Felipe lo escuchó y le preguntó:
-“Comprendes, pues, lo que lees?
-“Y cómo podría comprender, le respondió, si no tengo a nadie que me guíe?” (Ac 8, 27s)
Si nadie nos guía, cómo podríamos comprender las Escrituras? Como los discípulos de Emaús, nosotros también necesitamos -para que nuestros ojos se abran al misterio de Cristo que ocupa el centro de las Sagradas Escrituras- de la enseñanza de la Iglesia, de su liturgia, de los Padres, de los Doctores y de los Santos que han escrutado la Palabra de Dios para discernir con la ayuda del Espíritu Santo la belleza, la fuerza y el sentido auténtico de la Biblia.

Los hechos históricos de la Primera Alianza nos remiten a los de la Nueva

Por ejemplo, cuando estando Jesús en la Cruz, San Juan relata que : “uno de los soldados, le traspasó con su lanza el costado del que brotó sangre y agua”(Jn 19, 34), los Padres de la Iglesia, nos dicen que la sangre y el agua representan los sacramentos de la Iglesia, Esposa de Cristo, que nació de la costilla del Nuevo Adán sumergido en el sueño de la muerte; como en los orígenes Eva había nacido de la costilla de Adán, sumergido en un sueño misterioso.

De la misma forma, en los tiempos que preceden inmediatamente a la Encarnación, la espera del Mesías era más fuerte que nunca, ya que los historiadores mencionan a más de 100 candidatos a Mesías en el primer siglo antes de Jesucristo... La realización que Jesús hace del conjunto de los anuncios simbólicos y proféticos que fueron dados durante los siglos de la Primera Alianza, a lo largo de la historia santa de Israel, constituye una realidad en verdad sorprendente y única en el mundo. Hace falta para descubrir estas cosas, aprender a leer las Escrituras tal como fueron escritas por la Iglesia, con la ayuda del Espiritu Santo.

Evangelios, entre historicidad y aportación de los apócrifos (II)

Entrevista al profesor de Nuevo Testamento Bernardo Estrada (Parte II)
--El elenco completo de los 27 libros del Nuevo Testamento es fijado por primera vez en tiempo de Atanasio de Alejandría en 367 D.C. ¿Cómo se llega a elegir estos cuatro Evangelios en el canon de las Escrituras?

--Padre Estrada: Ya antes de finales del siglo II, san Ireneo, obispo de Lyon y mártir, afirma en un célebre pasaje que «dado que el mundo tiene cuatro regiones y son cuatro los vientos principales (...) el Verbo creador de cada cosa (...) revelándose a los hombres, nos ha dado un Evangelio cuádruple, pero unificado por un único Espíritu» («Contra las herejías», III 11, 8).
La Iglesia había ya definido entonces los cuatro textos que se usaba en la liturgia. Veinte años antes de Ireneo, también Justino habla de los cuatro Evangelios o de la memoria de los Apóstoles, que eran mencionados o leídos durante las celebraciones eucarísticas. ¿Entonces cómo se llegó a esta selección? En realidad se llegó a través de un proceso en el que el Espíritu Santo se abrió paso de modo natural y espontáneo. Cuando se difundía un texto que afirmaba algo extraño, los mismos fieles, unidos a su pastor, lo rechazaban. Por tanto, no habían sido preparados por nadie, aunque ya en el siglo II existía la conciencia de que el Evangelio era cuádruple: es decir, uno solo, porque una sola es la predicación sobre la vida, las obras y las palabras de Jesús, pero con cuatro imágenes diversas, cada una de las cuales ofrece un toque personal.

--La otra cuestión que surge ahora es cómo la tradición apostólica llegó a incluir entre los Evangelios canónicos también el Evangelio de Juan, el más diverso respecto a los otros en cuanto a contenido y exposición, tejido a menudo de reflexiones espirituales y teológicas. Además, algunos estudiosos atribuyen la paternidad de este escrito a discípulos pertenecientes a diversas «escuelas de Juan», como se puede notar en este pasaje: «Este es el discípulo que da testimonio sobre estos hechos y los ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero» (Juan, 21,20).

--Padre Estrada: El hecho de que sus autores no fueran necesariamente los cuatro que son mencionados en los títulos, no desmerece la historicidad de los Evangelios. Querría decir también que ni siquiera hay motivo para dudar si no hay razones serias. Por lo que se refiere al Evangelio de Juan, es cierto que un núcleo se remonta al apóstol pero también que hubo discípulos que reflexionaron sobre las palabras de Jesús y encontraron otras fuentes y redactaron un Evangelio que se aparta un poco de los demás. De hecho, es el Evangelio más espiritual, donde no se habla nunca de la crucifixión y del sufrimiento, porque para el evangelista Juan la hora de la pasión se identifica con la glorificación y la suprema «elevación» de Jesús.
Juan presenta ya la misión del Cristo a partir de la Resurrección. Es un Cristo que ha triunfado y vencido a la muerte. Por otra parte, es imposible explicar el relato tan detallado y crudo de la Pasión sino a la luz de la plena convicción que los evangelistas tenían de la Resurrección. ¡De lo contrario, habría sido simplemente masoquismo! El sufrimiento sirvió para nuestra salvación.
Juan relata muchísimos diálogos de Jesús con el Padre como si no tocara la tierra sino que estuviera constantemente inmerso en la contemplación del rostro de Dios y ya glorificado. Mientras que en los otros Evangelios Jesús es un hombre con todas sus características y sus límites humanos. El hecho de que el Evangelio de Juan haya sido retocado por una comunidad de discípulos, que se encontraba probablemente en Éfeso, y ampliado o quizá ensamblado de otro modo, se comprueba en el pasaje que usted ha citado, y que es considerado un apéndice, un añadido posterior por parte de un discípulo que hace de Juan un testigo veraz. Si se lee el capítulo 20 se comprende que estamos ante un final: «Estas cosas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn, 20, 31)

--Lucas en su Evangelio, compuesto en torno a los años 80 del siglo I, alude a los «muchos otros» que han escrito sobre los sucesos de Jesús, casi atestiguando la existencia de una multiplicidad de Evangelios, aquellos mismos Evangelios que luego fueron considerados apócrifos...

--Padre Estrada: En realidad, cuando Lucas inicia el prólogo el Evangelio y dice «porque muchos se han puesto a escribir un relato sobre los acontecimientos que sucedieron entre nosotros», no se está refiriendo a libros sino a los testimonios de muchas personas que recibieron la predicación apostólica y que trataron de poner por escrito los hechos y las palabras de Jesús.
Ciertamente esas son las fuentes a las que acuden también los evangelistas. Pero de ello no debemos deducir necesariamente que se tratara de verdaderos libros. Quizá Lucas, que tenía presente el Evangelio de Marcos, se dio cuenta de que otros trataron de redactar o poner en orden los hechos ligados a la vida de Jesús. Pero eso no quiere decir que en el siglo II se hubieran difundido los Evangelios apócrifos. El fragmento más antiguo del «Evangelio de Tomás» se remonta a finales del siglo II, que probablemente es la fecha de composición de aquél Evangelio. No antes. Mientras que nosotros sabemos que muchos Evangelios son fechados en el siglo I incluso en las citas contenidas en la Primera Carta de Clemente, un texto atribuido al Papa Clemente I (88-97) escrito en griego hacia finales del siglo I.

En la «Didajé» o «Doctrina de los doce Apóstoles», que se puede considerar como el catecismo cristiano más antiguo, habiendo sido escrita algún decenio después de la muerte de Cristo, se cita el «Padrenuestro» tal como lo recitamos hoy.

Además sabemos que el fragmento más antiguo del Nuevo Testamento está dentro del papiro Rylands (P. 52), que contiene partes del Evangelio de Juan y se remonta a en torno al 125 D.C., y es por tanto una copia escrita a menos de 30 años de distancia del original.

--Aunque descartados porque no contienen verdades divinas reveladas, algunos Evangelios apócrifos han llegado hasta nosotros en largos fragmentos, como el «Evangelio copto de Tomás» o el «Evangelio de Pedro», siendo incluso utilizados entre los monjes cristianos de Siria y de Asia Menor. ¿Qué valor tienen? ¿Añaden informaciones útiles al relato de los cuatro evangelistas?

--Padre Estrada: Sobre todo, es necesario decir que entre los Evangelios apócrifos hay algunos que, al presentar la figura de Jesús o al renovar la enseñanza se inspiran en el gnosticismo, que es la teoría filosófico-religiosa que, en los primeros siglos del cristianismo (I-IV), se contrapuso violentamente a la Iglesia católica. En 1945, en la aldea de Nag Hammadi, en el Alto Egipto, se descubrió una antigua biblioteca copta que custodiaba 13 códices, todos escritos en el siglo IV, algunos de los cuales contenían dichos de Jesús, para expresar sin embargo conceptos no cristianos.

Todos los estudiosos concuerdan, por ejemplo, en afirmar que el «Evangelio de Tomás» --el que ha suscitado mayor interés-- es un Evangelio gnóstico que contiene las doctrinas y las orientaciones de una comunidad, nacida como herejía dentro del cristianismo, y que pretendía atribuir a Jesús su concepto de la salvación y todos los principios de la fe según su punto de vista. Por ejemplo, no reconocen la muerte en cruz porque la única salvación vendría de la «gnosis», es decir del conocimiento. Mientras que la materia es siempre causa de pecado o está ligada al demonio. El «Evangelio de Tomás», como los otros Evangelios gnósticos, se limita a notificar dichos de Jesús sin insertarlos en la narración de lo que hizo. Es una especie de «Confucio cristiano» del siglo II.

Entonces, podemos preguntarnos si los Evangelios apócrifos contienen alguna verdad. Ciertamente. Por ejemplo, los protoevangelios nos cuentan los primeros años de vida de Jesús. En este sentido, el más famoso es el «Protoevangelio de Santiago», atribuido a Santiago, hijo de José, que lo habría tenido, junto con otros tres hermanos y dos hermanas, de un matrimonio anterior al suyo con María. Este texto tuvo cierta influencia en la tradición y en la iconografía, tanto que la presencia del buey y el asno en la gruta del Nacimiento y el nombre de los padres de María, Joaquín y Ana, nos llegan justo de esta fuente.

Ciertamente el contenido de los Evangelios apócrifos puede diferir. Algunos contienen verdades y amplificaciones fantasiosas respecto a los Evangelios canónicos, así como un gusto teatral propio de un cristianismo popular, aún permaneciendo en lo fundamental de la ortodoxia; mientras que muchos otros, sobre todo aquellos de orientación gnóstica, contienen falsedades porque quieren convencer de la validez de su herejía.

Bajo el perfil histórico, no nos dicen nada más de lo que ya sabemos por los Evangelios según Mateo y Lucas, de los que ellos dependen. Su intención no es histórica, quieren hacer obra de edificación. Frente a la sobriedad de los Evangelios, que relatan también realidades sobrenaturales de manera «natural» y sobria, sin añadir circunstancias innecesarias, se elige responder al deseo del pueblo cristiano añadiendo de manera más amplia y colorida detalles para subrayar aspectos y hechos de la infancia y la adolescencia de Jesús y María. Pero en realidad de esa manera dan una imagen de Jesús no conforme con la realidad, como sucede en el «Evangelio de la Infancia», de Tomás, donde se le describe como un niño que ya es capaz de hacer milagros.

Por tanto, se puede decir que si no tuvieran aunque fuera una pequeña parte de verdad nadie los hubiera aceptado. Su importancia está en el hecho de hacer ver una época, un desarrollo del cristianismo, una confluencia de varias corrientes teológicas y religiosas. Su utilidad está en lograr mostrar la evolución del cristianismo.

Evangelios, entre historicidad y aportación de los apócrifos (I)

Entrevista al profesor de Nuevo Testamento Bernardo Estrada

--¿Nos puede explicar cómo tuvo lugar el proceso de redacción de los Evangelios?

--Padre Estrada: Podemos decir que los Evangelios se inician con la predicación de Jesús, quien no escribió de su puño y letra prácticamente nada sino aquellas pocas palabras trazadas en la tierra cuando le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio. De Jesucristo se sabe, sobre todo, que predicaba. Hay que subrayar a este respecto que la exigencia de predicar y enseñar de memoria era una costumbre constante de la época, porque la escritura era impracticable en condiciones normales.

Sin embargo, después de la pasión y muerte de Jesús, la predicación de la Iglesia se fundó justamente en el acontecimiento pascual. Es este el fundamento de toda nuestra fe, no sólo porque Pablo lo dice al final de la Carta a los Corintios sino porque precisamente el kerygma, el anuncio fundamental de la Iglesia tras Pentecostés, fue «Jesucristo crucificado y resucitado». El Evangelio como tal era, como afirma San Pablo, proclamación del «gozoso mensaje»: Dios nos ha salvado de la muerte eterna con la muerte y resurrección de su Hijo Jesús.

Sólo en la segunda mitad del siglo II, san Justino, al escribir en el año 160 su «Apología», afirma que las memorias de los Apóstoles son denominadas «Evangelios». Es el primer testimonio en el que se pasa del Evangelio como anuncio predicado al Evangelio como texto. Tras esta declaración apostólica, podemos decir que los autores sagrados, es decir los evangelistas de los que al menos dos eran apóstoles, llegan a la redacción de los libros.

Por esto se puede decir que los Evangelios tienen una consistencia histórica porque reflejan estos tres estadios en su formación, dándose siempre una continuidad. Una continuidad que une la predicación de Jesús, la predicación apostólica y la redacción de Evangelio.

--Los Evangelios «canónicos», es decir los aceptados por la Iglesia por su origen «apostólico» y por su «conformidad con la norma de la fe» de las primitivas comunidades cristianas y las mayores Iglesias de origen apostólico, fueron compuestos entre el 60 y el 100. ¿Cuáles son los criterios que atestiguan su historicidad?

--Padre Estrada: Los exponentes más radicales de la crítica histórica consideraban que había una distancia tal entre la redacción de los Evangelios y la vida de Jesús que toda una generación de testigos oculares había desaparecido. Pero esto no es verdad. El primer Evangelio, que se sabe que fue escrito por Marcos, se remonta al año 64, es decir 34 años después de la fecha probable de la muerte de Jesús. ¿En aquellos años qué se hizo? Esencialmente se predicó el Evangelio en diversos lugares, se reflexionó sobre ese anuncio, dándole una sistematización teológica, que es lo que hizo Pablo. De hecho, los Evangelios se escribieron después de que Pablo elaborara prácticamente toda su teología. En torno al 64, todas las Cartas habían sido escritas, incluidas las pastorales, si es verdad que él fue su autor. Podemos decir que, en aquellos años, los Evangelios sufrieron una evolución más teológica que biográfica, porque los hechos y dichos de la vida de Jesús estaban ya comprobados.

--Entonces, ¿cuáles son los criterios para poder separar con cierta seguridad lo que es histórico de lo que no lo es?

--Padre Estrada: En la segunda mitad del siglo XX, se desarrollaron diversos criterios históricos, entre ellos el de la «discontinuidad», que se concentra en aquellas palabras o aquellos hechos de Jesús que no pueden derivar ni del judaísmo del tiempo de Jesús, ni de la Iglesia primitiva después de Él. Por ejemplo, en el Evangelio de Mateo, Jesús afronta de manera crítica las escrituras y Moisés, como no lo hubiera hecho nunca ningún rabino, revelando la superioridad de la nueva ley proclamada por Él, que no calca el estilo exterior de los fariseos, sino que se asienta en la intimidad del corazón.

Otro criterio es el que se llama de la «dificultad», según el cual la Iglesia no habría nunca comunicado un hecho que pudiera humillar a Jesús, como por ejemplo la cruz, que es el caso más emblemático y paradigmático. El bautismo por obra de Juan, si no hubiera sucedido realmente, no lo hubiera podido ser imaginado por ningún autor. Así como la aparición a las mujeres, porque en aquel tiempo las mujeres no eran testigos cualificados en Israel.

--Las notables afinidades entre los textos de Mateo y Lucas han llevado a diversos estudiosos a afirmar la existencia de una fuente común, haciendo pensar que en realidad recurrieron a fuentes indirectas y no de primera mano. ¿Usted qué piensa?

--Padre Estrada: Podemos admitir que los Evangelios de Mateo y Lucas tuvieran una fuente común, porque existe una serie de narraciones, sobre todo de dichos, que no aparecen en Marcos. Pero lo que sorprende no es que Mateo y Lucas tuvieran una fuente común sino las diferencias. Por ejemplo, los dos relatan la infancia de Jesús pero cada uno lo hace a través de eventos que el otro ni siquiera conoce. En Mateo, el protagonista de la infancia de Jesús es José, mientras que en Lucas es María. Si se hubieran dado demasiadas afinidades, esto habría podido llevar a suponer que hubo un acuerdo entre los dos. Evidentemente, cada evangelista tenía una fuente propia a la que recurrir y otra compartida.

--¿Hay fuentes históricas independientes de los Evangelios canónicos que enriquecen su contenido?

--Padre Estrada: La historicidad de los Evangelios sólo es avalada por los mismos Evangelios, mediante su proceso de formación. Pero hay sin embargo testimonios ajenos a la Biblia que no hay que despreciar. El primero es el de Plinio el Joven, que fue procónsul de Bitinia entre los años 111 y 113, y que en una de las cartas enviadas al emperador Trajano escribe que los cristianos «solían reunirse antes del alba y entonar a coros alternos un himno a Cristo como si fuera un dios». Por tanto, afirma que estaban convencidos de la divinidad del Cristo.

Suetonio, en cambio, en su obra «Vida de los doce césares», refiriendo un hecho acontecido en torno al 50, afirma que Claudio «expulsó de Roma a los judíos que por instigación de Cresto eran continua causa de desorden» (Vita Claudii XXIII, 4). Suetonio escribió «Chrestus» en lugar de «Christus», no conociendo la diferencia entre judíos y cristianos, y por la semejanza entre Chrestòs, que era un nombre griego muy común, y Christòs que quería decir el «ungido», el «Mesías». Por tanto, existían en Roma judeocristianos y --diría-- judíos no convertidos que discutían entre sí sobre Cristo y que podían aparecer a los ojos de la autoridad romana como causa de desorden público.

Y luego está el testimonio del historiador romano Tácito que, en los «Anales», narra el incendio que estalló en Roma en el año 64, del que fue acusado el emperador Nerón, el cual hizo de todo «para hacer cesar tal rumor», y por ello «se inventó culpables y sometió a penas refinadísimas a quienes la plebe llamaba cristianos, detestándoles por sus hechos nefandos». Tácito afirma además que «el origen de este nombre era Cristo, el cual bajo el imperio de Tiberio fue condenado al suplicio por el procurador Poncio Pilatos; y esta superstición, momentáneamente dormida, se difundía de nuevo, no sólo en Judea, punto central de aquel mal, sino también en Roma, donde confluyó de todas partes y fue considerado honorable todo lo que hay en ello de torpe y de vergonzoso». («Anales» XV, 44).

jueves, 27 de septiembre de 2007

LOS EVANGELIOS, TEXTOS HISTÓRICOS

1. ¿Los evangelios son textos históricos?
No son libros de historia, pero sí textos históricos. Sus autores narran hechos que realmente sucedieron, pero no pretenden hacer un tratado.

2. ¿Quiénes escribieron los evangelios?
Los autores de los evangelios son bien conocidos. Fueron -con la ayuda divina- san Lucas, discípulo de san Pablo; san Marcos, discípulo de san Pedro; san Mateo y san Juan dos de los Apóstoles. Así los citan todos los documentos.

3. ¿Cuándo se escribieron?
San Juan lo redactó entre el año 98 y el 100. Los otros tres evangelios se escribieron antes del año 70. Por ejemplo, mencionan costumbres e instituciones israelitas como actuales, y la destrucción de Jerusalén del año 70 cambió todo esto.

4. ¿Algunas razones que avalan los evangelios como históricos?
Podemos comentarlas en dos grupos:
Motivos internos (del propio texto).-
-El estilo es realista, no fantasioso ni novelado. Se observa que los autores conocían bien los sucesos.
-Narran hechos que un cristiano ocultaría. Por ejemplo, las negaciones de Pedro, la cobardía y falta de fe de los apóstoles, el temor de Jesús en el huerto de los olivos, la traición de Judas, elegido por Cristo. Si se escriben estos hechos, es sencillamente porque así sucedieron.
-Narran los milagros sin adorno alguno: simplemente los hechos. Si los autores desearan hacer fantasía, dedicarían muchas páginas a cada milagro.
Motivos externos.-

-Cuando se escribieron los evangelios, aún vivían muchos protagonistas de la historia y aprobaron los textos.
-Hay otros libros que narran sucesos de Jesús que no han sido aceptados como reales, y se les llama apócrifos.
-Los autores de los evangelios murieron mártires defendiendo la fe en Cristo. Es decir, estaban seguros de que presenciaron y escribieron hechos reales.
-A lo largo de los siglos ha habido muchas herejías contrarias a la fe católica, algunas con verdadero odio hacia el Papa. Todas esas nuevas religiones han aceptado los evangelios como históricos, aunque luego los interpretaran a su manera.
5. ¿Los evangelios narran todos los hechos de Jesús?
San Juan nos advierte de que es imposible escribir todos los detalles. Pero los evangelistas, con la ayuda divina, pusieron el mayor cuidado en contar con exactitud lo que sucedió (así lo advierte san Lucas). Querían dejarnos un testimonio de la vida de Cristo lo más fiel posible a la realidad.

6. ¿Los evangelios ocultan algo importante?
No era posible, pues Jesucristo era una persona pública, continuamente asediado por los jefes judíos que buscaban encontrar un fallo para tener algo en donde acusarlo. Pero Jesús es Dios y todo lo hizo bien, de modo que todo podía contarse y eso querían los cristianos.

CONSERVACIÓN DE LOS EVANGELIOS

1. ¿El texto actual de los evangelios coincide con el original?
Podemos estar seguros de que el texto actual coincide con el original por los abundantes y antiguos manuscritos que se conservan. Sobre todo si lo comparamos con otros textos de la antigüedad.

2. ¿Ejemplos de textos de la antigüedad?

Veamos cuatro conocidos autores anteriores a Jesucristo:

-Homero (Iliada, Odisea).- El manuscrito más antiguo que disponemos es del siglo XI.
-Platón.- Sus obras que se conservan datan del siglo IX.
-Julio César.- Disponemos de 10 manuscritos del siglo X.
-Horacio.- Tenemos 250 manuscritos. El más antiguo del siglo VIII.

3. ¿Qué manuscritos conservamos de los evangelios?

En 1968 se hizo una lista con 5262 manuscritos griegos (lengua original). De ellos, 81 son anteriores al siglo IV. Aunque se encontraron en lugares lejanos entre sí, presentan una enorme coincidencia en el contenido, de modo que se garantiza su fidelidad con el original. En cuanto a las traducciones, se conservan unos 40.000 manuscritos en diversas lenguas. Estas traducciones avalan también que el texto actual de los evangelios coincide con el original.

4. ¿Qué manuscritos son más importantes?

Podemos citar los siguientes:

-Papiros Bodmer.- De comienzos del siglo III. Contienen los evangelios de san Lucas y san Juan. Se conservan en Ginebra.
-Papiros Chester Beatty.- De comienzos del siglo III. Contienen los cuatro evangelios y otros textos del nuevo testamento. Están en Princenton.
-El codex Vaticanus.- Del siglo IV. Contiene la Biblia entera. Está en el Vaticano.

http://www.ideasrapidas.org/evangelios.htm

lunes, 27 de agosto de 2007

¿Cómo se transmitieron los evangelios?

Es sabido que no poseemos el manuscrito original de los evangelios, como tampoco el de ningún libro de la antigüedad. Los escritos se transmitían mediante copias manuscritas en papiro y después en pergamino. Los evangelios y los primeros escritos cristianos no son ajemos a este tipo de transmisión. El Nuevo Testamento deja ya percibir que algunas cartas de San Pablo se han copiado y se trasmiten en un cuerpo de escritos (2 Pe 3,15-16), y lo mismo ocurre con los evangelios: las expresiones de San Justino, San Ireneo, Orígenes etc., anotadas en la pregunta anterior (¿Quiénes fueron los evangelistas?)dan a entender que los evangelios canónicos se copiaron enseguida y se transmitieron juntos.
El material utilizado en los primeros siglos de la era cristiana fue el papiro y a partir del siglo III se empezó a usar el pergamino, más resistente y duradero. Sólo desde el siglo XIV se comenzó a utilizar el papel. Los manuscritos que conservamos de los evangelios, con un estudio atento de lo que se denomina crítica textual, nos muestran que, frente a la mayoría de obras de la antigüedad, la fiabilidad que podemos darle al texto que tenemos es muy grande.
En primer lugar, por la cantidad de manuscritos. De la Iliada, por ejemplo, tenemos menos de 700 manuscritos, pero de otras obras, como los Anales de Tácito, sólo tenemos unos pocos —y de sus primeros seis libros sólo uno—. En cambio, del Nuevo Testamento tenemos unos 5.400 manuscritos griegos, sin contar las versiones antiguas a otros idiomas y las citas del texto en las obras de los escritores antiguos.
Además, está la cuestión de la distancia entre la fecha de composición del libro y la datación del manuscrito más antiguo. En tanto que para muchísimas obras clásicas de la antigüedad es casi de diez siglos, el manuscrito más antiguo del Nuevo Testamento (el Papiro de Rylands) es treinta o cuarenta años posterior al momento de composición del evangelio de San Juan; del siglo III tenemos papiros (los Papiros de Bodmer y Chester Beatty) que muestran que los evangelios canónicos ya coleccionados se transmitían en códices; y desde el siglo IV los testimonios son casi interminables.
Obviamente, al comparar la multitud de manuscritos, se descubren errores, malas lecturas, etc. La crítica textual de los evangelios —y de los manuscritos antiguos— examina las variantes que son significativas, intentando descubrir su origen —a veces, un copista intenta armonizar el texto de un evangelio con el de otro, otro intenta explicar lo que le parece una expresión incoherente, etc.— y buscando de esa manera establecer cuál pudo ser el texto original. Los especialistas coinciden en afirmar que los evangelios son los textos que mejor conocemos de la antigüedad. Se basan para ello en la evidencia de lo dicho en el párrafo anterior y también en el hecho de que la comunidad que transmite los textos es una comunidad crítica, unas personas que implican su vida en lo afirmado en los textos y que, obviamente, no comprometerían su vida en unas ideas creadas para la ocasión.
Vicente Balaguer

San Juan

San Juan, natural de Betsaida de Galilea, fue hermano de Santiago el Mayor, hijos ambos de Zebedeo, y de Salomé, hermana de la Virgen Santísima. Siendo primeramente discípulo de San Juan Bautista y buscando con todo corazón el reino de Dios, siguió después a Jesús, y llegó a ser pronto su discípulo predilecto. Desde la Cruz, el Señor le confió su Santísima Madre, de la cual Juan, en adelante, cuidó como de la propia.

Juan era aquel discípulo "al cual Jesús amaba" y que en la última Cena estaba "recostado sobre el pecho de Jesús" (Juan 13, 23), como amigo de su corazón y testigo íntimo de su amor y de sus penas.

Después de la Resurrección se quedó Juan en Jerusalén como una de las "columnas de la Iglesia" (Gál. 2, 9), y más tarde se trasladó a Éfeso del Asia Menor. Desterrado por el emperador Domiciano (81-95) a la isla de Patmos, escribió allí el Apocalipsis. A la muerte del tirano pudo regresar a Efeso, ignorándose la fecha y todo detalle de su muerte (cf. Juan 21, 23 y nota).

Además del Apocalipsis y tres Epístolas, compuso a fines del primer siglo, es decir, unos 30 años después de los Sinópticos y de la caída del Templo, este Evangelio, que tiene por objeto robustecer la fe en la mesianidad y divinidad de Jesucristo, a la par que sirve para completar los Evangelios anteriores, principalmente desde el punto de vista espiritual, pues ha sido llamado el Evangelista del amor.

Su lenguaje es de lo más alto que nos ha legado la Escritura Sagrada, como ya lo muestra el prólogo, que, por la sublimidad sobrenatural de su asunto, no tiene semejante en la literatura de la Humanidad.

http://www.aciprensa.com/Biblia/juan.htm

San Lucas

El autor del tercer Evangelio, "Lucas, el médico" (Col. 4, 14), era un sirio nacido en Antioquía, de familia pagana. Tuvo la suerte de convertirse a la fe de Jesucristo y encontrarse con San Pablo, cuyo fiel compañero y discípulo fue por muchos años, compartiendo con él hasta la prisión en Roma.

Según su propio testimonio (1, 3) Lucas se informó "de todo exactamente desde su primer origen" y escribió para dejar grabada la tradición oral (1, 4). No cabe duda de que una de sus principales fuentes de información fue el mismo Pablo, y es muy probable que recibiera informes también de la santísima Madre de Jesús, especialmente sobre la infancia del Señor, que Lucas es el único en referirnos con cierto detalle. Por sus noticias sobre el Niño y su Madre, se le llamó el Evangelista de la Virgen. De ahí que la leyenda le atribuya el haber pintado el primer retrato de María.

Lucas es llamado también el Evangelista de la misericordia, por ser el único que nos trae las parábolas del Hijo Pródigo, de la Dracma Perdida, del Buen Samaritano, etc.

Este tercer Evangelio fue escrito en Roma a fines de la primera cautividad de San Pablo, o sea entre los años 62 y 63. Sus destinatarios son los cristianos de las iglesias fundadas por el Apóstol de los Gentiles, así como Mateo se dedicó más especialmente a mostrar a los judíos el cumplimiento de las profecías realizadas en Cristo. Por eso el Evangelio de San Lucas contiene un relato de la vida de Jesús que podemos considerar el más completo de todos y hecho a propósito para nosotros los cristianos de la gentilidad.

http://www.aciprensa.com/Biblia/lucas.htm

San Marcos

Marcos, que antes se llamaba Juan, fue hijo de aquella María en cuya casa se solían reunir los discípulos del Señor (Hech. 12, 12). Es muy probable que la misma casa sirviera de escenario para otros acontecimientos sagrados, como la última Cena y la venida del Espíritu Santo.

Con su primo Bernabé acompañó Marcos a San Pablo en el primer viaje apostólico, hasta la ciudad de Perge de Panfilia (Hech. 13, 13). Más tarde, entre los años 61-63, lo encontramos de nuevo al lado del Apóstol de los gentiles cuando éste estaba preso en Roma.

San Pedro llama a Marcos su "hijo" (I Pedr. 5, 13), lo que hace suponer que fue bautizado por el Príncipe de los Apóstoles. La tradición más antigua confirma por unanimidad que Marcos en Roma transmitía a la gente las enseñanzas de su padre espiritual, escribiendo allí, en los años 50-60, su Evangelio, que es por consiguiente, el de San Pedro.

El fin que el segundo Evangelista se propone, es demostrar que Jesucristo es Hijo de Dios y que todas las cosas de la naturaleza y aun los demonios le están sujetos. Por lo cual relata principalmente los milagros y la expulsión de los espíritus inmundos.

El Evangelio de San Marcos, el más breve de los cuatro, presenta en forma sintética, muchos pasajes de los sinópticos, no obstante lo cual reviste singular interés, porque narra algunos episodios que le son exclusivos y también por muchos matices propios, que permiten comprender mejor los demás Evangelios.

Murió San Marcos en Alejandría de Egipto, cuya iglesia gobernaba. La ciudad de Venecia, que lo tiene por patrono, venera su cuerpo en la catedral.

http://www.aciprensa.com/Biblia/marcos.htm

San Mateo

De la vida de San Mateo, que antes se llamaba Leví, sabemos muy poco. Era publicano, es decir, recaudador de tributos, en Cafarnaúm, hasta que un día Jesús lo llamó al apostolado diciéndole simplemente: “Sígueme”; y Leví “levantándose le siguió”(Mat. 9, 9).

Su vida apostólica se desarrolló primero en Palestina, al lado de los otros Apóstoles; más tarde predicó probablemente en Etiopía (África), donde a lo que parece también padeció el martirio. Su cuerpo se venera en la Catedral de Salerno (Italia); su fiesta se celebra el 21 de setiembre.

San Mateo fue el primero en escribir la Buena Nueva en forma de libro, entre los años 40 y 50 de la era cristiana. Lo compuso en lengua aramea o siríaca, para los judíos de Palestina que usaban aquel idioma. Más tarde este Evangelio, cuyo texto arameo se ha perdido, fue traducido al griego.

El fin que San Mateo se propuso fue demostrar que Jesús es el Mesías prometido, porque en Él se han cumplido los vaticinios de los Profetas. Para sus lectores inmediatos no había mejor prueba que ésta, y también nosotros, experimentamos, al leer su Evangelio, la fuerza avasalladora de esa comprobación.

http://www.aciprensa.com/Biblia/mateo.htm

miércoles, 22 de agosto de 2007

¿Cómo se escribieron los evangelios?

La Iglesia afirma sin vacilar que los cuatro evangelios canónicos “transmiten fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó” (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 19). Estos cuatro evangelios “tienen origen apostólico. Pues lo que los Apóstoles predicaron por mandato de Cristo, luego, bajo la inspiración del Espíritu Santo, ellos mismos y los varones apostólicos nos lo transmitieron por escrito, como fundamento de la fe” (ibídem, n. 18).
Los escritores cristianos antiguos se interesaron por explicar cómo realizaron este trabajo los evangelistas. San Ireneo, por ejemplo, dice: «Mateo publicó entre los hebreos en su propia lengua, una forma escrita de evangelio, mientras que Pedro y Pablo en Roma anunciaban el evangelio y fundaban la Iglesia. Fue después de su partida cuando Marcos, el discípulo e intérprete de Pedro, nos transmitió también por escrito lo que había sido predicado por Pedro. Lucas, compañero de Pablo, consignó también en un libro lo que había sido predicado por éste. Luego Juan, el discípulo del Señor, el mismo que había descansado sobre su pecho (Jn 13,23), publicó también el evangelio mientras residía en Efeso» (Contra las herejías, III, 1,1). Comentarios muy semejantes se encuentran en Papías de Hierápolis o Clemente de Alejandría (cfr Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, 3, 39,15; 6, 14, 5-7): los evangelios fueron escritos por los Apóstoles (Mateo y Juan) o por discípulos de los Apóstoles (Marcos y Lucas), pero siempre recogiendo la predicación del evangelio por parte de los Apóstoles.
La exégesis moderna, con un estudio muy detallista de los textos evangélicos, ha explicado de manera más pormenorizada este proceso de composición. El Señor Jesús no envió a sus discípulos a escribir sino a predicar el evangelio. Los Apóstoles y la comunidad apostólica lo hicieron así, y, para facilitar la labor evangelizadora, pusieron parte de esta enseñanza por escrito. Finalmente, en el momento en que los apóstoles y los de su generación empezaban a desaparecer, “los autores sagrados escribieron los cuatro evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se transmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o desarrollándolas atendiendo a la condición de las Iglesias” (Dei Verbum, n. 19).
Por tanto, puede concluirse que los cuatro evangelios son fieles a la predicación de los Apóstoles sobre Jesús y que la predicación de los Apóstoles sobre Jesús es fiel a lo que hizo y dijo Jesús. Este es el camino por el que podemos decir que los evangelios son fieles a Jesús. De hecho, los nombres que los antiguos escritos cristianos dan a estos textos —“Recuerdos de los Apóstoles”, “Comentarios, Palabras sobre (de) el Señor” (cfr San Justino, Apología, 1,66; Diálogo con Trifón, 100)— orientan hacia este significado. Con los escritos evangélicos accedemos a lo que los apóstoles predicaban sobre Jesucristo.
Vicente Balaguer

domingo, 12 de agosto de 2007

¿Quiénes fueron los evangelistas?

Lo importante de los evangelios es que nos transmiten la predicación de los Apóstoles, y que los evangelistas fueron Apóstoles o varones apostólicos (cfr Dei Verbum, n. 19). Con esto se hace justicia a lo recibido por la tradición: los autores de los evangelios son Mateo, Juan, Lucas y Marcos. De estos, los dos primeros figuran en las listas de los doce Apóstoles (Mt 10,2-4 y paralelos) y los otros dos figuran como discípulos de San Pablo y San Pedro, respectivamente. La investigación moderna, al analizar críticamente esta tradición, no ve grandes inconvenientes en la atribución a Marcos y a Lucas de sus respectivos evangelios; en cambio, analiza con ojos más críticos la autoría de Mateo y de Juan. Se suele afirmar que esta atribución lo que pone de manifiesto es la tradición apostólica de la que provienen los escritos, no que ellos mismos fueran los que escribieron el texto.
Lo importante, por tanto, no es la persona concreta que escribiera el evangelio sino la autoridad apostólica que estaba detrás de cada uno de ellos. A mediados del siglo II, San Justino habla de las “memorias de los apóstoles o evangelios” (Apología, 1,66, 3) que se leían en la reunión litúrgica. Con esto, se dan a entender dos cosas: el origen apostólico de esos escritos y que se coleccionaban para ser leídos públicamente. Un poco después, en el mismo siglo II, otros escritores ya nos dicen que los evangelios apostólicos eran cuatro y solo cuatro. Así, Orígenes: “La Iglesia tiene cuatro evangelios, los herejes muchísimos, entre ellos uno que se ha escrito según los egipcios, otro según los doce apóstoles. Basílides se atrevió a escribir un evangelio y ponerlo bajo su nombre (...). Conozco cierto evangelio que se llama según Tomás y según Matías; y leemos otros muchos” (Hom. I in Luc., PG 13,1802). Expresiones semejantes se encuentran en San Ireneo que, además, añade en cierto lugar: “El Verbo artesano del Universo, que está sentado sobre los querubines y que todo lo mantiene, una vez manifestado a los hombres, nos ha dado el evangelio cuadriforme, evangelio que está mantenido, no obstante, por un sólo Espíritu” (Contra las herejías, 3,2,8-9). Con esta expresión —evangelio cuadriforme—, pone de manifiesto una cosa muy importante: El evangelio es uno, pero la forma cuádruple. La misma idea se expresa en los títulos de los evangelios: sus autores no vienen indicados, como otros escritos de la época, con el genitivo de origen («evangelio de…») sino con la expresión kata («evangelio según…»). De esta forma, se señala que el evangelio es uno, el de Jesucristo, pero testimoniado de cuatro formas que vienen de los apóstoles y los discípulos de los apóstoles. Se señala así también la pluralidad en la unidad.
Vicente Balaguer